sábado, 26 de mayo de 2007

FELICES LOS NORMALES




Papá ya me dio la bendición. Y me dijo...
Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
Roberto Fernández Retamar

jueves, 24 de mayo de 2007

Final de historia

A mi papá, que pronto será mi padre



2.
Haciendo lo que realmente me llena de alegría (quiero decir, tener un rato de nostalgia y escribir), le confieso, Nelson Castellanos, que me he tomado un par de cafés y he fumado un poco de marihuana, le confieso también que he sacado de un armario humedecido unas cuantas fotos en blanco y negro, algunas con bordes fileteados.


Un casete marcado a puño y letra de mi abuelo, “Marco Antonio Peña/88”. Suena en la grabadora de periodista su voz, ronca y pesada, sus agonizantes pulmones, su enfisema ronroneante que terminaría por darle muerte un 28 de diciembre. No voy a desgravar más de tres partecitas, aunque estoy seguro de que incluso a usted le hubiese gustado oír lo que mi abuelo, en su último agosto, le decía a mi padre en numerosas horas y casetes que le enviaba por correo aéreo a España. Hoy, por supuesto, y casi por ley natural, siento que mucho de lo que Marco A. decía, me lo decía a mí.


Marco A. nació en el 20, el 27 de junio (o de julio), en el frío San Antonio de Prado y fue, para muchos, el jefe de “El Expreso del Sol”. Treinta horas en sillas de madera, kilómetros de Mutis y Gabo y más kilómetros de la vía ferroviaria que unía a Medellín con la ciudad de Santa Marta. Hasta hace poco podía encontrarse en algún cajón de la casa de mi papá la perforadora con la que mi abuelo marcaba los tiquetes con una estrellita de 10 puntas. Durante años trabajó en el tren, entre inmensas bananeras, entre la manigua del magdalena, entre la gente que iba y venía cruzando el país en tren, disfrutando el olor a brea y el traca-traca infinito, la maleza, los mosquitos, el calor, las bananeras, el río… Otra Colombia a otra velocidad.


El Ferrocarril de Antioquia era el orgullo de muchos, entre ellos Marco A., a quien se le vio el día de su funeral portando el broche distintivo, cuando aun hacía años la ferroviaria había cerrado. El viejo tuvo una ilusión, la misma quizá de toda una generación que creyó terminada la guerra y llegado el progreso. Fue un hombre de trenes, un colombiano de trenes que comenzó a coquetearle a Dolly Mejía en la estación Sabana, si no estoy mal en el departamento de Santander.


Oigo a mi abuelo en la grabadora: “Esta Colombia nunca crece, hijo mío, no hace sino nacer”. El tren nació, “El Expreso del Sol” nació, las vías ferroviarias nacieron, y luego nacieron carreteras y llegaron los aviones (muy rápido, dicen), todo fue naciendo y naciendo y naciendo y sin nación. Luego agrega mi abuelo: “si es que… también, vivimos en un cartón arrugado. Claro, que no se te olvide hijo, yo vi el mar desde el tren, desde El Expreso del Sol en Ciénaga, Magdalena”.
Hoy, justamente, venía de Cisneros y trataba de mirar a la izquierda del camino, para ver, entre las plataneras y los cañizales, un par de hilos de acero que ya no llevan al mar. Mi abuelo vivió una Colombia con trenes que ya no llevan a ninguna parte y cuyas carrileras se hunden en la amarillenta tierra del magdalena, y cada vez que por suerte emergen, aún paralelas, sobre el pasto o el asfalto, alcanzo a oír, como si estuviese grabado en un viejo casete, el grito pueril y sincero de esperanza. ¡Ciénaga! ¡Ciénaga!

lunes, 21 de mayo de 2007

Me abandono

Dedicado a una vieja ilusión:
"vámonos a vivir al mar"

"Después de la madrugada densa y sudorosa, los dolores de espalda habían desaparecido. Ante una postrera y supuesta caricia -por demás exagerada-, hizo lo posible por contener el llanto. Lucero miró al capitán. No había en su semblante el menor indicio de sorpresa o de miedo; le era enteramente impredecible. La miró fijamente y luego, susurrando con gravedad, le dijo: “Lucero, me voy. Me voy al mar”."



Tengo una guitarra de un viejo y degenerado rockero argentino, una cama que todavía huele al perro y un dolor de espalda que podría llamarse enfermedad terminal. Tengo unas cuantas deudas también, con Baena, Hamma y Ríos. Todavía están en el cajón del nochero las fotos de Valentina, el llavero de mi hermanito y las monedas extranjeras de mi papá. Un CD que le robé a mi mamá en algún diciembre. Las cartas viejas de mi abuelo y algunas cosas de la Mona, las metí en el armario, junto a una foto con mamá.

Las cosas andan por ahí, mal que bien sujetas, guardadas, o cuando menos perdidas. Las cosas tienen esa cualidad de estar en cualquier parte. También muchos hombres que conozco. Y en esa lógica de la ubicuidad, yo me veo forzado a escapar. Lo consigo con un resultado que casi es premio, de no ser por el peso de no estar en ninguna parte.

El único lugar para no estar es un no-lugar. ¿Qué es un no lugar? Fácil: todo lo que no sea un lugar. Y bien, sólo conozco uno –habrá quien lo refute–: el exilio.

Me voy para La Soledad, me voy sin huir. Y me voy con todo lo que he sido en ustedes y para ustedes, les dejo lo que hayan ahorrado. Me alejo del ritmo frenético del capitalismo salvaje (amo el capitalismo como amo a un jugador de Nacional –mientras tenga mi camisa–), me alejo de tantos afectos y tantos abandonos.
En los últimos siete u ocho meses sólo han quedado unos pocos, y esos pocos mucho han hecho. De tanto abandono terminé por desear abandonarme, que no es lo mismo que echarme al abandono. Seguramente los que más quiero se demoren en comprender lo que digo, es, más que coincidencia, un regalo tipo Peña.

Cansado de ver escombros, cansado del frenesí soporífero del dinero, del los rostros RGB, de los abandonos, de los otros abandonos, de intentar ser ese “otro”; cansado de los libros, de las películas, de la información y la televisión –que nada tienen que ver–; cansado de la amistad, del amor utópico, cansado de la razón y del rizoma, cansado de todo, de todo, de todo, de todo… del cortejo y de Medellín, del cigarrillo, de Nacional, de extrañar a mi perro, de sufrir ausencias; cansado de mí en esas ausencias. Me abandono, me voy al no-lugar, me voy para La Soledad.

Entonces llega el otro y dice:


– “cómo se te ocurre: un tipo bien, que tiene toda una vida por delante, con capacidades, ta, ta, ta, ta, ta, ta…”.


– ¿Y? De qué vida hablamos –le contesto sabiendo a dónde voy–


– …trabajo, estudio, esposa, hijos, ascenso, hogar…


– ¿Vos sabés lo hijueputamente doloroso que es eso?


– ¿Cómo va a ser dolorosa una vida próspera donde el amor es el suelo?


– No soy geólogo, pero hay suelos tan movedizos…


– Ha sido sólo mala suerte.


– ¿¡Mala suerte!? Vea, pues qué tan de malas he sido, porque hasta ahora no he puesto bien un ladrillo. Además, te olvidas del pasado.


– El pasado no es nada.


– A otro con ese cuentico.


– Viejo: “el tiempo pasa, las cosas cambian”.


– Justamente eso es lo que quiero decir: ha pasado el tiempo, han cambiado las cosas y ahora me voy. Romperé miles de compromisos y quedaré mal con muchas personas. Sin embargo me voy. No hay nada más qué decir. Me voy a vivir al mar. El 1º de Julio de 2007

miércoles, 16 de mayo de 2007

¡ OFERTA !

(Dedicado a la esperanza que acabó de pasar: "tengo que decirte cosas... pero de pronto no muy buenas..." LL´.)



Yo quiero morirme... (Explico:) ...pero no quiero ser yo precisamente quien deje de vivir. Necesito una vida donante. O bien convertirme en gato, pero con siete vidas... derrocharía.

No puedo ofrecer mucho dinero, y lo más grande que tengo es un dolor de espalda (para los entendidos en el tema, la tercera y la cuarta a la vez -paradojas de papa-).

Puedo correr con todos los gastos y hasta agonizar. Si quedan huérfanos yo me hago cargo, si es muerte dolorosa yo la sufro. Renuncio a las herecias, a mi salud y a lo que sea. Me dejo encerrar unas horas y hasta permuto mi decoroso puesto en el purgatorio.

Alguien ya paró a mirar el aviso. La puerta estaba abierta pero no siguió. Alguién más se asomará. Quizá entre seducida por mi oferta. Quizá haya alguien que voluntariamente se muera por mí.

sábado, 12 de mayo de 2007

Hoy duermo con la puerta abierta

Obituario a una hermosa relación


Primero: “Don Quijote de la Mancha”


“Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo de perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantose como pudo y llegó a casa de su amigo, que aún no sabía de su desgracia, más como le vio llegar amarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado. Pidió luego Anselmo que le acostasen y que le diesen aderezo de escribir. Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun que le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando la vida, y, así, ordenó de dejar noticia de la causa de su extraña muerte; y comenzando a escribir, antes de que acabase de poner todo lo que quería, le faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su curiosidad impertinente”.

Muchos días hace que no dormía con la puerta abierta. ¿Por qué? Bueno, por el ruido, el frío, la luz, los fantasmas, por la sensación de estar durmiendo a la intemperie. Descansar con la puerta cerrada da cierta calma sedentaria, la del espacio privado, que cierra el territorio previamente definido; explícita o tácitamente —no es necesario ponerle el cerrojo—, clausuramos el espacio cerrándole la puerta al resto de mundo. Y no es incómodo, ni más faltaba, sentir el calor y el abrigo de la habitación; sentirse protegido mientras el sueño nos vulnera.


Hoy duermo con la puerta abierta, para creerme nómada, para creerme siempre afuera, para ser vulnerable incluso mientras duermo… que entre alguien a despertarme a cualquier hora y me arranque las pesadillas, aunque sea para sembrar un vieto frío, como el que entra en esta montaña que vivo. Mi colchón, siempre pretérito, no deja de sudar en la noche las noches que fueron. No sé si mi cama lo inventa todo o le pongo yo a ella las sábanas sucias.


Del tiempo sólo he conseguido una certeza, todo lo cambia.“El sol se esconde. El sol sale”, canta el viejo Bob. Llegará la mañana para despertarme, ¿llegará quién me despierte? Mientras tanto ahí deambulo, con la puerta abierta, en un sueño curioso, pero impertinente.