sábado, 25 de agosto de 2007

Sóloyo

A dúo con Mónica

Sólo yo. Solo. Solamente yo. Pero también yo, y yo y e-yos. Soledad en todo caso. Y mientras más solo, más sólo yo y más yo con yo. Yo con cabezas de diablo. No sólo cabezas de diablo, también yo, solo. Mi amigo Solo es yo, sólo yo. En cambio mi hermano Sóloyo, quizá por su vanidad, cree que es más yo que yo: ¿Quién lo creyera?

Sólo yo lo creo. Nadie más. Los muchos yo, y e-yos se mantienen al margen cuando sólo tengo cuatro paredes para vivir. Sólo cuatro, y un hombre solo metido en una cama sin patas, sin cobija, es más, sin cama. Las paredes están blancas, lánguidas, acompañadas sólo por un marca de soledad, de ese hombre solo, del recuerdo de ese hombre vanidoso que mantiene sus ojos sólo en un hombre solo, que aspira un yo en medio de yo y yo y e-yos, de todos e-yos, de esos e-yos perdidos. Está sólo él, solo, él sólo, solo, solísimo.

— Tú. Míyo. ¿Me oyes?
— …
— Y tú, Sóloyo. ¿Estás ahí?
—…
—Solo. ¿Tú? ¿Tampoco?
— …
—Sólo estoy yo, solo. Mi yo. ¿No me estarán tomando el pelo?
—…
—Estoy comenzando a asustarme. Sóloyo. Míyo. Solo. Yo. ¿Están ahí?
—No, están solo e-yos.
—Tambien estoy yo.
—Por eso.
—Tienes razón.
—Eso si que no; Razón si no está.
—¿Y e-yos?
—Aquí están todos: Sóloyo, Míyo, Solo y Yo. Los demás estan dormidos.
—Gracias a Dios.

Muy dormidos. Sólo ellos podrían desquitarse, desquiciarse, des-amarme. Sólo ellos podrían cambiar un poco de este hombre solo, de éste yo con yo y con e-yos. Somos sólo los que estamos, por fortuna, y no se necesita más. La locura está hecha. La confusión está hecha. La muerte está casi lista, pero no está, no aún. Sólo somos nosotros, un hombre solo, y un montón de e-yos con nombre, con hombre, con todo. Sóloyo, Míyo y Yo. Es suficiente. Las paredes tampoco están, sólo de vez en cuando, cuando el hombre solo, y su yo y yo, así lo dicen.

Ustedes comprenderán. Yo no tengo ninguna responsabilidad de lo que pasa aquí adentro. Ustedes lo ven, eso se nota; ora en un yo que se abre a la literatura ora un imbécil, pero nunca sólo yo. No faltaba más. Múltiple, heterodoxo, intrínseco, verbo: yo. La cosa, que es otra cosa, el yo que es yo. En fin, me llamo Yotro, no me confundan con la gentuza.

Así es, sólo así. No miren a ningún lugar, ni piensen más. Es así y punto. No más. Las cosas pasan y e-yos las hacen, y yo sólo, solo, pongo mi cara al mundo, para que ustedes, ellos, tengan algo que hablar. No me confundan. La gentuza es la gentuza, allá ella y su soledad y sus cosas, y su gentuza, al fin y al cabo. Yo soy Yotro, y muchos, y sólo yo, y yo solo. Así que no hay nada que decir. Es así. Punto final. Y recomienzo. Yo, otra vez, haciendo de yo, o de Míyo. «¿Están ahí?». Tic: yo. Tac: Yotro. «¿Dónde se han metido?». Tic: Míyo. Tac: … «¡Salgan!». «Me asusto». Tic: … Tac:…Punto. Y recomienzo: yo…

jueves, 23 de agosto de 2007

Vómito



Un vómito asqueroso que no quiere estar destinado a morir en una calle reservada a las buenas costumbres. Al vómito éste, comida del almuerzo, poco le hubiese importado morir en plena zona rosa si no fuera por que hay tantas personas mirando y gritándole por haber vomitado en el lugar que no era. Le hubiese gustado morir más tranquilo, deshecho en la borrachera y llenar la boca con el sabor fuerte y la sensación de haber tragado brasas, o cristales.
Ahí está la parte más dura de parir un vómito, no cabe la menor duda; se trata de algo que vive y que se había vuelto parte de mí. Ahora no quiero pensar en ello, pero me pregunto de qué manera puede llegar un vómito a decidir dónde y cuándo ver la luz. Iba a convertirse en mierda y orines, como todo lo que va a dar al estómago, pero prefirió soñar con nacer por la boca, quiso ser hablado, y bueno, terminó siendo un vómito hecho y derecho.
He pensado en mandarlo a la guardería, para que conozca otros de su naturaleza, pero creo que no es muy buena idea y preferiría educarlo yo mismo. Sí, autodidacta. Bastaría entonces con que le llevase algún libro de economía para que lo leyera. Es un vómito, todo lo entenderá porque todo lo tiene. Sería mi vómito intelectual, un asquito reconsiderado en el fondo de mi estómago y sacado de sí mediante procedimientos literariamente incompetentes.

El deseo de mi vómito consiste en regresar al estómago, que fue su casa materna; no podrá, porque terminará en el estómago de otros que vienen aquí para comer vómitos: Pasta de tomate, queso mozzarella y pedazos de hojas de albahaca envueltos en un película de ginebra y bilis. También tiene trocitos de aceituna, un recuerdo en una lancha y veinte besos antes de las buenas noches. El vómito éste, hijo mío por derecho propio, aunque no le daré jamás mi apellido (yo sólo soy su madre), contiene restos de rabia, de dolores, de heridas y una mazorca desgranada -lo que se llama una tusa-.

Ha salido todo juntico, oliendo a vómito. Un parto por la boca, un parto desde el estómago. Pensé que nacería muerto, o que sería pura bilis. Siempre hacía rato que no comía. Pero nó, nació sano y lloró al primer golpe con el suelo. Es una niña vómito y tiene, gracias a Dios, todas las partes en su lugar.

martes, 21 de agosto de 2007

¿Personaje o Actriz?

Señora, Señora. ¿No es usted la de la televisión? Sí, esa, la que aparece en el programa de las recetas. La verdad, yo siempre he deseado decirle algo a usted y es que es una vieja zorra, me quitó a mi marido y no voy a permitirle que entre en mi humilde lavandería. Aquí lavamos ropa y la lavamos en casa. Así que usted, ladrona de hombres, mentirosa, plástica, burdelera de lujo, prepago y zorra, sobretodo zorra, lárguese de aquí si no quiere que le eche los perros. Le advierto que son bravos. Ayer nomás se comieron medio niño de la vecina, el otro medio lo metieron en su casita y doña Fermina no se ha atrevido a reclamarlo. Váyase, le advierto. Váyase, que de verla me va a dar un patatús. ¿Qué? ¿Qué usted no es? No me crea tan estúpida, doctorcita. Que le he lavado la ropa a mujeres con más alta alcurnia que la suya. No venga a decirme que no es usted. Vea, vea, vea esa silicona que se le monta en el cuello y casi la ahoga, esos pezones bizcos, esa boca brillante y esa mirada de zorra. ¿Cómo no va a ser usted? Se le ve a leguas que se cree de clase, como si no se supiera que se ha acostado con todo el mundo. Hasta dicen que hay por ahí unas fotos suyas haciendo cochinadas con un futbolista de los pobres. No mija, a mí si no me engaña. Oiga como ladran los perros, oiga. Váyase mejor que ya le empiezo a coger cariño de verle esa cara de susto. Cobarde. Zorra cobarde. Nada de «pero señora…», usted es y punto. Ahora mismo traigo los perros, ahora mismo. ¡Angelitaaaaa! ¿No se ha ido? Será que la dejo hablar. No, me la oye Ángel y ahí mismo sale, póngale la firma. Es que se le reconoce de lejos mijita. No venga a estas casa de bien, aquí no le lavamos la ropa a gente como usted, por loba, por famosa, por envidia. ¡Angelitaaaaaa, traé los perros!

miércoles, 15 de agosto de 2007

Arrumen de carne

Yo estaba ahí cuando la señora se tiró. Ahí, sentado justo sobre esa piedra. Yo oí el golpe y el crujir de los huesos. No, no sé de qué piso se tiró. A ló mejor es que estaba triste, qué se yo. Ahora, sea lo que sea que estuviese buscando en el suelo, lo único cierto es que no tendrá más oportunidades de buscar. Así que si no lo encontró, bien jodida. ¿Qué sería? De pronto la dejó el esposo. Eso es fácil de pensar. Aún cuando realmente hubiera sido así, la mujer y su tristeza, esa mujer quiero decir, no son algo que puedo comprender. Ni siquiera logro asimilar mi error al decirle mujer. Quizá debiera pensar algo como “montón de huesos” o “arrumen de carne”. Se suicidó por un problema en el trabajo, ahora es un arrumen de carne sobre la entrada del edificio; suena bien para periódico amarillo. Qué triste se van a poner sus familiares. Quizá ni los tenga. Se suicidó porque no tiene familia. Obvio. No, nadie se suicida por eso, o sí, yo no sé nada de suicidios. Hubiera preferido que se cayera un árbol, seguramente ahora estaría pensando mejores cosas. En cambio el amasijo ese, que ahora estaría ahogándose sumergida en el gentío agolpado a su alrededor, la cosa esa que chorrea sangre, me tiene medio intranquilo. ¿Qué pasará con sus muebles? ¿Se quedará su esposo con ellos? Pero si no tiene esposo, qué idiota. Familia tampoco. Como fue un problema de trabajo, a lo mejor era pobre y se suicidó porque se deprimía viendo vacía su casa. En el entierro va a llorar solamente el portero. En el trabajo nadie. Y cómo, si era una vieja amargada que no hacía sino quejarse de su soledad. Si al menos hubiera tenido una silla para sentarse cuando llegó del trabajo esta tarde, aturdida todavía por el grito de su jefa que la había despedido humillándola, frente a sus compañeras de oficina, estoy seguro de que estaría en el balcón, sentada y fumándose un cigarrillo. Pensaría en reconstruir su vida comenzando desde abajo. Conseguiría un trabajo nuevo, en un lugar donde la respetaran y la valoraran. Podría recibir lecciones de inglés y mudarse para los Estados Unidos donde su compañera del colegio. Luego conseguiría un esposo de clase media y quizá adoptaría un niño colombiano. Fumaría en calma. Triste y desconsolada, pero en calma. Luego bajaría a buscar una hamburguesa o un trozo de pizza barato, gaseosa y quizá una botella de aguardiente para sentir en la resaca que es libre y hace lo que quiere. Regresaría a casa con la idea de comprar un gato para estar acompañada en los momentos más difíciles. Con cada copa de aguardiente que bebiera, iría olvidándose de una pena. Acabada la botella no serían muchas las heridas de su alma. Se volvería a sentar en su silla del balcón a fumar otro cigarrillo y colmaría su corazón la tranquilidad, la calma, la inocencia y el perdón. Tendría tan libre su cuerpo, tan limpio su espíritú castigado por la soledad y la pobreza, que se levantaría victoriosa y se tiraría por el balcón. Da lo mismo: un montón de huesos, un arrumen de carne…»

martes, 14 de agosto de 2007

El reflejo de afuera


Este asqueroso estilo, que no domino en lo más mínimo, no me deja escribir. Pero, ¿será verdaderamente el estilo lo que no me deja escribir un poco más? No, soy yo. Pero qué parte de yo. Soy tantos que se torna difícil saberlo. Pura y tonta vanidad, estoy seguro.

Uno se mira al espejo muy tranquilo, hace su mejor cara y termina por convencerse de que, en efecto, uno está presentable. No quiere decir que siempre se logre el anhelado fin.
Véase de esta manera: si uno se acerca a un espejo que no es el de la casa, o mejor, si se encuentra uno de pura casualidad mientras camina por la calle, por ejemplo, su propio reflejo en los vídrios polarizados del edificio del banco, no tiene tiempo de hacer su mejor cara, sino que le toca decidir si está o no bonito en cuestión de segundos, quizá menos.
Supongamos que ahora mismo le está ocurriendo tal cosa, usted notará que debido al poco tiempo que pudo pasar frente a su imagen no ha logrado convencerse de estar presentable. Tampoco quiere decir que se ha convencido de lo contrario, pero digamos que es más completo el sentirse cómodo, ya que hay muchísimos matices para no sentirse bien. Un mechón incontrolable, un grano en la frente, una mancha en la camisa, algo en la forma de andar que no corresponde a lo que yo soy, o a la manera de caminar que yo pienso que se corresponde conmigo en este mismo instante; cualquier cosa me hace sentir incómodo y sólo la reunión perfecta de todos los detalles logra la plenitud de la buena presentación, por lo menos frente al espejo.


Imagínese llegar a la oficina del que da las órdenes sin haber salido conforme con la imagen suya que le devolvió el espejo del ascensor. ¿Cómo mostrar esa cara asquerosa que no logró componer pasando las manos por el pelo? En mi caso no es mucho el pelo ni muchos los jefes que tengo, pero a veces hasta la nariz se despeina; las pestañas, los ojos, el cuello, uno mismo es un desastre enmarañado. No basta con ir a la peluquería, ni con afeitarse. Nada es garantía de que uno se sentirá bien cuando se siente su mujer en el puesto del copiloto. Será necesario cerciorarse de ello cada tantos minutos en el retrovisor, pasar los dedos por el copete, rascarse el grano de la frente, quitarse los restos de comida de los dientes o los mocos de la nariz. No es nada fácil salir a la calle o acostarse a dormir si antes no se logra estar cómodo dentro de esta cosa.