martes, 2 de marzo de 2010

desDesear



Un deseo cualquiera no debe anularse, pero la jodida vida hace que de vez en cuando desear sea la causa de todos los males. Por ejemplo, si uno desea que le quiten la vida, pues vivir es la anulación del deseo, y a cada instante la única cosa verdadera es la frustración.
A ver, hablemos de un cuadro, para poner un ejemplo más colorido; si el deseo necesita de tal o cual color para verse satisfecho, es completamente cierto que la ausencia de tales colores que anhelamos es el incumplimiento del deseo. Maldita pintura. De nada sirve desear si el deseo nos mata. Sólo aquel cuyo deseo es la muerte puede tener la certidumbre total de que ya logró hacerse a ella, aunque le toque vivir para conseguirlo, pues nadie se muere sin estar vivo. ¿Alguna duda?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Liam

Conocí hace poco a Liam. Se acercó sin vergüenza, mirándome como el que mira ojos naranjas, ya cerca me estiró la mano y me dijo su nombre: Liam Meals. No muy convencido le dije el mío sin apellido. Todavía me miraba con esos ojos fijos y curiosos, apenas lograba un gesto que mostrara su intención de decir algo. Solté mi mano y él miró la suya sin cambiar en nada la intención de sus ojos. Mirando los zapatos comenzó a tartamudear en voz baja. Luego al parecer repitió unas cuantas veces lo mismo y saliéndose de sí me dijo: "Los libres siempre se van". Le dije que sí, que los libres siempre se van y lo invité a sentarse.

Ví argolla de matrimonio, dedos amarillos, callosos, delgadas pulseras de cuero y unos 40 años a lo sumo. Su rostro mostraba poco carácter, su voz arenosa y quebrada apenas dejaba sentir su llanto. Cambió su mirada por mis ojos grises y nos hicimos amigos.

Ayer tuvimos esta conversación:

- ¿Y vos Liam? ¿sos de los que siempre se van o de los que se quedan?
- En general me voy.
- ¿Cómo que en general? O siempre te fuiste o te quedaste aquí, es decir, estás aquí.
- No. A veces me quedé.
- A ver si me entiendes...
- Sí, te entiendo. Uno no puede quedarse e irse al mismo tiempo y por eso me das vos estás dos opciones: o me fui o estoy, es decir, me quedé. Yo te contesto otra cosa, porque dije "siempre se van" y yo a veces me quedé.
- Entiendo, entiendo. Y ahora mismo, supongo, estás pensando en irte o quedarte una vez más.
- En parte sí, porque realmente ya lo tengo decidido.
- ¿Entonces que te inquieta?
- Irse como dejar de pertenecer a algo, por ejemplo un lugar. Es como comprar zapatos: el dinero a cambio de los zapatos. Si es el dinero no son los zapatos... ¿me hago entender?
- Sí, creo que te sigo. Pero mirá esto: si comprás zapatos quedás con zapatos, pero con dinero podés convertirlo en algo que no necesariamente son zapatos.
- Quedarse el dinero sería, para efectos de la metáfora, igual a quedarse.
- O bien esperar.
- En cuyo caso equivaldría a no irse "esta vez". Y eso me hace recordar las palabras del reservado: espera un momento mejor. Lo mismo, seguir buscando hasta encontrar unos zapatos mejores y del mismo precio.
- No hay mismo precio en realidad. La espera es un costo marginal de valor difícilmente medible.
- Exacto, por eso sé que me voy. Al fin y al cabo es como esperar en otro sentido, como quedarse yéndose o algo así.
- Esperar para quedarse quizá después.
- Sí, quizá, siempre quizá. Ese "quizá" es parte de ser libre hasta el momento en que te quedás o volvés, ahí se acaba la libertad y tenés zapatos nuevos.
- ¿dijiste "volvés"?
- Sí, eso dije.
- Si decís volvés, decís "nunca dejé de ser algo" o "nunca dejé de pertenecer a algo". Volver es tener un lugar, una inercia, una amarra. Sería decir que una boya navega en lugar de decir que flota.
- ¿Y bien?
- Nunca te fuiste en ese caso.
- Cierto. "Libres son los que siempre están yendo".
- Aunque en ello pasen por el mismo lugar.
- En cuyo caso será el mismo lugar más unos años, es decir, radicalmente, otro lugar. Visto así, volver resulta un intento por regresar el tiempo.
- Exacto. No es posible regresar, no hay un dónde para regresar.
- Tal vez sí un dónde, pero no un cuándo.
- ¿Crees entonces que un lugar sólo existe cuando no te vas?
- Un lugar estará siendo, estará existiendo, siendo otro aún esté yo. El tiempo no se suma o se resta, el tiempo va existiendo las cosas.
- ¿Irse, estar yéndose, ser libre... dejarse existir por el tiempo?
- O lo mismo: ir descalzo.

jueves, 16 de octubre de 2008

La Ranita

¿A quién le estorbará que yo haya matado una rana un cuatro de julio del siglo pasado? No creo que existan muchos personajes interesados en mi infancia. Ancas de rana se comen en algunos países de gente muy decente que nada tienen para envidiarle a nadie.

Caminando por la acera, concentrado en no pisar la juntura de las baldosas y pensando, además, en los últimos momentos de libertad que tuvo el pobre anfibio, antes de quedar rendido a mi macabra tiranía infantil, lo más probable es que me encuentre con la imagen del animalito huyendo con saltitos verdes, babosos e inútiles. Otra cosa sería realmente borracho, o embebido de quién sabe qué euforia; otra infancia. La ranita estará nadando cerca de la superficie pensando en insectos o en algún miembro de sus veintidós familias.

No, no es posible tener una sola infancia. Sería como tener que llevar a Arturo a todas partes y no cambiar nunca de rana. En cualquiera de los casos tendrá que aparecer, defendiendo la ranita, el vecino Lucho Trespalacios, soltero todavía —¿qué estaría haciendo el enorme Trespalacios, alto y musculoso, salvándole la vida a un anfibio si tuviese a su mujer en casa?— lo único que hizo en aquella ocasión fue gritarle al chiquillo para que saliera de su estanque.

Asustado, sin mayor interés en las palabras del negro, Arturo se dio vuelta para ver quién gritaba. Estaba equivocado respecto a la distancia que había calculado habría entre él y su vecino. Casi con pánico, corrió campo abajo alejándose del estanque, mantuvo la rana en la mano sin aprisionarla demasiado. Cansado y seguro de haber corrido lo suficiente, distinguió el sendero que iba hasta la huerta de don Manolo. No debiera decir don a un tipo tan exasperadamente tosco y vulgar, cuyo único talento reconocible era la elección de vestidos para su mujer. No obstante sé que muchos no le reconocerían sin el don; así que don Manolo, dueño del huerto donde a menudo Arturo robaba cebollas y calabazas, apareció frente a él con el machete en la mano izquierda.

Sería estúpido engañarse con todo lo que anduvieron diciendo desde que Arturo salió descontrolado de la huerta de don Manolo y regresó al pueblo por el lado del puerto. Corrió tres cuartos de hora y luego siguió caminando cuando sus jadeos se convirtieron en un llanto suave y carente de melancolía. Mantuvo empuñada su mano, sintiendo las tripas de la rana, la piel de la rana, los ojos y las ancas. Apretó con fuerza sin abrir la mano, sin curiosidad. Pasó por el puerto, por la playa, por su cuadra y su casa hasta llegar a la cocina y tirar el amasijo orgánico sobre unas cáscaras de plátano que había en el cubo de la basura.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Póker

Me voy caminando con Arturo hasta la cervecería de Jamin. Al parecer está cerrada, pero alcanzamos a oír algo del otro lado. Alguien se acerca por la esquina. La silueta es inconfundible. Es Federico, el zalamero.
—Buenas noches —no nos ha reconocido—. Viene usted… Oh. Se trata de usted. ¡Qué casualidad! Viene a jugar con Benjamin.
—Si.
—Oh. Claro. Usted no lo sabe. La puerta nunca tiene llave. Pase, pase.
En sombras se ven las sillas arrumadas, la mesa de billar vestida y espejos en las paredes. Voces reverberan desde una habitación interior, el zalamero va adelante. Tose fingidamente.
—¡Mister Benjamin! —grita el bonachón vestido de rojo con sombrero negro.
—¡Comandante Chaverra! —se oye del otro lado en la regular pronunciación del gringo.
Empuja la puerta giratoria de la cocina. Jamin está de pié, recostado sobre la nevera y pálido bajo la luz de neón. El otro, un gigante barbado, pelinegro y narizón, está sentado al fondo junto a una mesita redonda y unas botellas de Ron.
—Don Hacho —me dice el gringo ofreciéndome la mano.
—Buenas noches señores. A juzgar por la cantidad de botellas, no estamos todos.
—Hoy no contábamos con ustedes, habrá que poner más sillas y sumar un naipe. ¿Qué beben?
—Ginebra —respondo con ilusión.
Se suman Arturo y el zalamero:
—Ron.
—Ron.
Reconozco al gigantón. Estaba en la biblioteca enderezando clavos oxidados. Me ha puesto muy nervioso, pero no tiemblo.
La reunión se pasa de bizarra y yo preciso con Arturo.
—Veo que se conocen. Él —dice señalando al gigante— es Adolfo. Adolfo, ellos son Hacho Díaz y…
—Federico —contesta el zalamero.

Nos sentamos alrededor de la mesa, Arturo decide quedarse por fuera del juego. Comienzo a tener miedo de cualquier cosa que pueda ocurrir. Los cuatro sentados, ensombrecidos y humeantes, jugando a las cartas. No puede ser tan grave ni horrible el hecho de que las cosas se vayan dando. No nos aceleremos todavía, vamos despacio que el juego es el juego.
Adolfo reparte mientras fuma un puro. Sus dedos están gordos y callosos. El zalamero empieza por decir algo de la papa. A lo cual se suman tanto Jamin como Adolfo. Al parecer estoy metido en una reunión de algo más que jugadores de cartas.
Pronto me entero de que Jamin también es aficionado a los clavos. Bonita afición la del gringo este.
Estoy yo tratando de ganar un juego a ver si no me toca mirar el resto de noche y él hablando de su pasión por unir madera con clavos. Qué cosas las que hay que ver.
Este es un momento perfecto para aceptar la frustración y continuar con un poco de seso, pensar en las cosas que realmente valen la pena, como producir o conseguir un carrito para empujar.
Debe saberse en la mesa que no soy ningún idiota. Debe saberse porque no falta la manera de existir que a otro se le antoja.
Que dolor de espalda y yo aquí sentado jugando con esta corte de clavómanos.
Adolfo ahora está diciendo que todo clavo sobre la papa debe permitir el injerto de un cogollo fértil. Es complejísimo siquiera concebir una papa sin clavos. La puntica filuda que entra en el tubérculo para saberlo tubérculo. ¿Cómo si no?
Voy, pago, subo, pago.
No he ganado nada en toda la noche. No sé qué hacer. Tengo ganas de irme. Es día de velitas, puede que sea romanticón el ambiente allí afuera. Ahora está hablando Jamin, dice que la guerra no se hace, sino que se olvida. La guerra se hace para olvidarla. —Dime, le dice el zalamero a Adolfo, ¿Qué consigues tú enderezando clavos?
— Consigo enderezarlos. En cambio vos qué logras en tu casa. Hacer ruido y agujeros.
—No creo que sea poca la molestia del ruido que haces en la biblioteca. Mi casa es piel y cicatriz del tubérculo. Mis fotos son como el agujero que deja el clavo. Papa para los pobres. Papa para los ricos. Papa para todos.
—En esos cruces de almidón y agua, la información fluye orgánicamente, fisiológicamente imposible.
El pedazo que a mí me toca de papa es fácil de manejar. La humedad me endurece.
Necesito retomar el control de la situación, no dejar que las papas se me metan en la cabeza sin la cordura que necesito para jugar. Debo alejarme de los clavos todo lo que pueda. No lo dejen burlarse de mí, no dejen que me lleve el diablo, yo necesito salir esta noche sin miedo, hasta que se prenda de nuevo el bombillo.
Al parecer va a llover. Que se oiga entonces el gotereo toda la noche. Arturo Piedras sigue sentado y callado.
Jamin está ebrio. Ahora está diciendo que basta de empacamientos pseudoreligiosos, basta de sirenitas cantándo para que las pérsonas dejen de vivir como viven y comiencen a vivir como deben. Ah. El sabor de un papel bien sencillo. El que rodea los chocolates y se deshace en la boca con un aroma dulzón; nada que envidiarle a unas trufas.
—Voy.
Voy dice este gringo malnacido, voy. Y yo, que no tengo otra que jugar, no quiero ir.
—Voy.
Zalamero hijueputa.
—Voy.
Este loco enderezaclavos.
—Voy. No tengo opción.
Adolfo se dirige a mí mientras saca la cuarta carta:
—Amigo Hacho. ¿Ha tenido usted alguna experiencia con la papa y los clavos?
—Al parecer es completamente necesario. He oído algo de lo que hablan sin entender mucho y creo que la razón de todo cuanto he tratado de hacer no es otra cosa que injertos conceptuales al tronco de algo que ya conocía previamente. En cuanto a los clavos, no soy bueno para el ruido, pero considero que la punta del clavo no necesita una posición específica para mantenerse firme. Claro, la punta hacia el frente, pero no debe estar vertical. Puede, digamos, estar un poco ladeado o doblado, en cuyo caso usted estaría eufórico porque ha encontrado lo que buscaba. La gran diferencia entre ustedes dos radica, creo, en el hecho de que Federico utiliza los clavos para clavarlos y usted sólo los endereza. No creo que lo que ustedes piensan esté tan enfrentado.
—Confundes clavo e injerto.
—Voy —dice el zalamero y el gringo mueve la cabeza soltando las cartas.
—Yo voy —digo poniendo las fichas en el centro de la mesa—. Es posible que yo esté confundiendo clavo con injerto, pero ten en cuenta que el clavo, aun cuando resulta de gran utilidad, no tiene la posibilidad de germinar.
—En ello radica la importancia —me dice el zalamero—, porque, dado el caso de que el clavo pudiese dar lugar a una nueva papa, nos enfrentaríamos a los arboles de papa. Las posibilidades tubérculas van más allá del clavo en sí, pero no hay manera de confeccionar ningún conocimiento según tu lógica del injerto. Sería simplemente incontrolable.
Adolfo va a sacar la quinta carta. Necesito un siete. Sale un siete. Ahora tengo esperanzas de ganar.
—Es incontrolable de todas maneras —insisto en la discusión—, tendrías que tener toda la pared repleta de clavos y, claro, la destrozarías y sólo tendrías clavos. En tal caso necesitarías clavar sobre los clavos y eso si resulta incontrolable, además de confuso y poco eficaz.
Tengo tres sietes. Adolfo terna de seis.
—Buena suerte. Estuvo a punto de irse del todo —me felicita el gringo.
Quisiera haber perdido para largarme. Aunque sigue tronando, quizá esté cayendo un diluvio afuera.
Arturo ha estado oyendo atentamente la conversación de la mesa, pero sólo mira. En realidad juega mirando. Me temo que va a abrir la boca. En efecto:
—No hay necesidad de que nos concentremos mucho, es simplemente ser libre de clavar o injertar cuanto nos plazca, siempre que nos cautive en todo sentido el clavo o el injerto. Imbéciles, ni siquiera soportan el silencio de unas cuantas noches de amor para que se estén quejando ya de tantas ranuras en la pared o injertos en la papa. La papa se agrieta o muestra sus cogollos, pero necesita tierra. Es un tubérculo, no un árbol. En fin, sea de la manera que sea, injerto o clavo, la papa queda alienada con la presencia de un objeto extraño a ella. Claro, en el caso del clavo no hay simpatía orgánica, pero resulta didáctico y fácil si se enderezan los clavos antes de clavarlos. Ahora me disculpan pero me quiero ir, es el día de las velitas y caminar parece una perfecta idea.
—Yo lo acompañaría —me dice el zalamero— pero quiero ganar el juego.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Carmenza II

A Carmenza le encantan los muertos, afición que sin ser cultivada apareció cuando apenas tenía cinco años. Estuvo en el cementerio el mismo día que murió su primer gato. Llegó por la noche a hacer la tarea y dibujó a su pekinés echado al pié de una lápida. Desde entonces ha tenido treintaiún gatos y amor rebosante por los muertos. Cordero es el treintaiuno.
Habla todo el tiempo de los muertos. No parece ser una obsesión; una verdadera pasión por lo que no está vivo. Ella ve la muerte en las piedras porque no tienen vida, en las lápidas que son piedras y que tampoco tienen vida: «es el mejor símbolo para clavarle a uno cuando se muere; una roca fría y eternamente muerta».
A las ocho de la mañana, le da de comer a su gato, se ducha y desayuna diciendo en voz alta cada uno de sus anhelos, ya repetidos de memoria. Cordero oye del otro lado de la mesa cuyo mantel a cuadros tiene manchas de aceite en las puntas.
Se viste y sale. Saluda al Portero del edificio, Don Feliciano. Se monta en su bicicleta y sube hasta la iglesia, se pone la camisa blanca y recibe el turno de Camila.
Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde trabaja sin mucho qué hacer en la fotocopiadora. Se divierte haciendo cuentas, dejando el dedo para que salga fotocopiado en alguna esquina del papel. Disfruta tocando el papel tibio que sale de la máquina y conversa un poco con clientes recurrentes, en su mayoría jóvenes universitarios que le merecen una rebaja o hasta un favor.
Entre ellos hay uno que le atrae. Ha pensado que cuando se sienta con ganas de irse a la cama va a intentar con él. Se le dan bien los jóvenes y le encanta que sean todavía ingenuos en la cama y en el amor, quizá teme defraudarlos.
Almuerza a eso de las dos. Sólo tiene media hora. Come empanadas cerca y luego se fuma el primero de dos cigarrillos que se fuma en todo el día, tumbada debajo del enorme Laurel del parque. Le gusta el rato del cigarrillo porque justo a esa hora, del otro lado de la calle, ensaya el coro del pueblo y puede oír cómo se va perfeccionando el Teodora de Händel. A veces va a verlos cuando se presentan en lugares cuya entrada es gratis o con descuento sustancial para el estudiante. Para que le crean presenta la escarapela que le obligan a usar en la fotocopiadora y siempre funciona.
Las tardes son más fáciles. Los clientes llegan en menor cantidad. Las últimas horas de su trabajo en la fotocopiadora son vacías y tiene la costumbre de leer. Lee todo lo que sea nuevo, lo compra pirata en el semáforo donde también compra la marihuana de los domingos. Está leyendo el libro de un maquinista. Después de su rato de lectura echa la persiana metálica y deja las llaves donde Marleny, la de la tienda, para que en la mañana su compañera Camila, que abre a las cinco y media, se las reclame. Entregadas las llaves, regresa por una ruta diferente a la de la mañana, pero igual todas las tardes.
Le da de comer a Cordero, se baña nuevamente y se pone una falda para ir a trabajar al café, donde esta noche regresará, después de doce años, Arturo Piedras.
No lo va a reconocer, no va a ver en su rostro al que era hace tantos años. Todo lo que le ocurrirá será que se le levantarán sus ganas de cama con aquel hombre que le resultará familiar, pero jamás igual ni parecido a Arturo Piedras. Le hablará de él toda la noche, con una complicidad extraña, como si le hablara al espejo.
Después de que escampe, muy tarde, a eso de las tres de la mañana, tomará su bicicleta y se irá para la casa a dar de comer a su gato, fumar el segundo cigarrillo y dormir porque no hubo tiempo para leer ni ver novelas.
Ya en la cama, pensará en el hombre que se embriagó esta noche en el café y luego en las playas del golfo y luego en su amor por Hacho Díaz y de pronto ya no serán pensamientos sino un sueño turbulento con La Casa de La Opera de Sídney y el Teodora de Händel.