miércoles, 10 de septiembre de 2008

Carmenza I

Carmenza no es muy talentosa para nada. A veces recuerda que no fue capaz de hacer coincidir la figura de la estrella en el agujerito que le correspondía de aquel juguete infantil. Lo asume como algo simpático, nada más.

Tiene el pelo lacio, corto y negro. El corte es algo snob; se peina con dos colas, una a cada lado del occipital. A veces clava un lápiz en alguno de los moños, parecido a como lo hacen las universitarias. Tiene los ojos azules y grandes pero poco expresivos. A veces los maquilla con una sombra que no le queda nada bien. Se ve triste, muy triste con esa raya negra sobre el párpado inferior. Sus orejas, blancas como todo su cuerpo. Un cuello exquisito y grandes senos; rellenita, sin curvas convencionales y buena amante. Tiene labios enormes y un lunar en la espalda.

Trabaja de día en una fotocopiadora y de noche en el café El Bolsón. Sus padres demoraron mucho en separarse y los últimos años que vivió en casa familiar resultaron un infierno. Desde que se fue de casa no pide más, se siente tranquila en su pequeño y viejo apartamento de soltera divorciada.

En la fotocopiadora luce muy simple y aburrida: camiseta blanca y jean azul. Cree que por dejar ver su dedo en algunas fotocopias entonces las ha firmado y tienen algo de ella. No se queja de nada y visita poco a su padre para no recordar. Su madre murió hace un año. A ella Hacho le parecía un tipo «decente» pese a que de nada le servía para casarse con su hija.

Ahora vive sola en una calle oscura cerca del río. Tiene un gato que se llama Cordero y le gusta comer pizza de pedazos en la calle. Cuando sale del café, ya muy tarde, pasa por el horno callejero de Evelio y se come un pedazo con gaseosa.

El café no le gustaba, pero aprendió a tomarlo con Hacho en su luna de miel, juntos por el golfo. Ah, como le gustaba recordar los momentos en que se sabía enamorada.

Le gusta pintar, aunque jamás le ha mostrado a nadie ninguna obra —excepto a Isabel— El contacto con los colores de alguna manera le ayuda a mantener un mejor recuerdo de las cosas que le valen la pena.

Carmenza sueña con ser pintora; hacer una exposición para que todos le admiren sus pinturas; enamorar a algunas personas para quedar contenta, quizá vender unos cuantos cuadros y, bueno, exponer en algún museo o recibir algunas buenas críticas de los que admira. Sueña con Australia porque le dijeron que su abuelo materno provenía de allá.

Sueña también con hacerse dueña del café donde trabaja, adornarlo con sus pinturas y cambiar todo el repertorio de la rocola.

Tiene un par de amigos, Isabel y Hacho, su exmarido. Con Isabel habla poco, vive en los Estados Unidos. En cambio con Hacho se ve muy a menudo. Más que nada los domingos que no hay fútbol en el pueblo. Salen a tomar café y a veces se embriagan cuando el lunes resulta festivo.

Pensó en irse con Isabel, ahora su amiga está por casarse y pronto regresará millonaria. En cambio ella sigue allí, metida en un rincón de sus ensoñaciones, recordando todo lo que puede sus momentos felices. Y no por Hacho, sino por la melancolía de recordarse feliz junto a un hombre que bien pudo haber sido otro cualquiera.

Carmenza le teme a los perros. Cree que morirá de un infarto un día en que un perro comience a ladrar cerca de ella. También le teme a la policía; el temor es heredado.

Amó a Hacho mucho menos tiempo del que él la amo a ella. Y aunque quizá no lo ha comprendido, la separación no ha sanado tan bien en ella como en él. Al fin y al cabo, aunque sólo fue por poco tiempo, ella jamás estuvo más enamorada de nadie. Hacho sí.

No tiene problema en conseguir un par de amantes al año, descansando en su soledad con iguales intervalos en que disfruta de la cama.

No se ha vuelto a enamorar, la vida le trata tan bien que piensa suficiente el recuerdo para mantener sus afectos firmes, lo bastante para estar de pie frente a las cosas de todos los días.

Va en bicicleta a todas partes, aunque el perímetro en que se mueve todos los días, excepto el domingo, es bastante reducido. Desde el río hasta la iglesia de La Sagrada Familia y desde el parque hasta la hacienda San Juan. Los domingos se va al campo, fuma marihuana y a veces se embriaga.

Casi siempre viste faldas, pero en la fotocopiadora no se lo permiten. Gracias a una fuerte insistencia, sus patrones en el café terminaron por aceptarle las faldas que ella misma diseña y confecciona.

Su cuarto es sencillo y extrovertido, igual que su actitud frente a los extraños. Cordero duerme con ella en la cama doble de edredones rosados. En las paredes de su habitación, forradas en corcho, no hay un solo espacio ocupado, del techo cuelga un móvil con pececitos de madera, soso y bastante tieso pero muy colorido. En el otro cuarto del apartamento, el cual le sirve de taller, hay un caballete escondido entre pinturas arrumadas sobre las paredes. En el caballete un lienzo pintado de negro mate.

1 comentario:

ociopintoresco dijo...

negro mate.
Pelao, que personaje tan bien definido. Una nota. Perfecta la forma. Excelente puntuación. Excelentes imágenes. Me gustó mucho. Depronto el lugar geografico me confunde. Ella parece más una chica de ciudad que una de "pueblo" como decís porai.
Un saludo mr penia, me gustó bastante pues. Seguramente en otro rato libre, en otro viernes laboral, pasaré a seguir leyendo men. Suerte!