domingo, 14 de septiembre de 2008

Carmenza II

A Carmenza le encantan los muertos, afición que sin ser cultivada apareció cuando apenas tenía cinco años. Estuvo en el cementerio el mismo día que murió su primer gato. Llegó por la noche a hacer la tarea y dibujó a su pekinés echado al pié de una lápida. Desde entonces ha tenido treintaiún gatos y amor rebosante por los muertos. Cordero es el treintaiuno.
Habla todo el tiempo de los muertos. No parece ser una obsesión; una verdadera pasión por lo que no está vivo. Ella ve la muerte en las piedras porque no tienen vida, en las lápidas que son piedras y que tampoco tienen vida: «es el mejor símbolo para clavarle a uno cuando se muere; una roca fría y eternamente muerta».
A las ocho de la mañana, le da de comer a su gato, se ducha y desayuna diciendo en voz alta cada uno de sus anhelos, ya repetidos de memoria. Cordero oye del otro lado de la mesa cuyo mantel a cuadros tiene manchas de aceite en las puntas.
Se viste y sale. Saluda al Portero del edificio, Don Feliciano. Se monta en su bicicleta y sube hasta la iglesia, se pone la camisa blanca y recibe el turno de Camila.
Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde trabaja sin mucho qué hacer en la fotocopiadora. Se divierte haciendo cuentas, dejando el dedo para que salga fotocopiado en alguna esquina del papel. Disfruta tocando el papel tibio que sale de la máquina y conversa un poco con clientes recurrentes, en su mayoría jóvenes universitarios que le merecen una rebaja o hasta un favor.
Entre ellos hay uno que le atrae. Ha pensado que cuando se sienta con ganas de irse a la cama va a intentar con él. Se le dan bien los jóvenes y le encanta que sean todavía ingenuos en la cama y en el amor, quizá teme defraudarlos.
Almuerza a eso de las dos. Sólo tiene media hora. Come empanadas cerca y luego se fuma el primero de dos cigarrillos que se fuma en todo el día, tumbada debajo del enorme Laurel del parque. Le gusta el rato del cigarrillo porque justo a esa hora, del otro lado de la calle, ensaya el coro del pueblo y puede oír cómo se va perfeccionando el Teodora de Händel. A veces va a verlos cuando se presentan en lugares cuya entrada es gratis o con descuento sustancial para el estudiante. Para que le crean presenta la escarapela que le obligan a usar en la fotocopiadora y siempre funciona.
Las tardes son más fáciles. Los clientes llegan en menor cantidad. Las últimas horas de su trabajo en la fotocopiadora son vacías y tiene la costumbre de leer. Lee todo lo que sea nuevo, lo compra pirata en el semáforo donde también compra la marihuana de los domingos. Está leyendo el libro de un maquinista. Después de su rato de lectura echa la persiana metálica y deja las llaves donde Marleny, la de la tienda, para que en la mañana su compañera Camila, que abre a las cinco y media, se las reclame. Entregadas las llaves, regresa por una ruta diferente a la de la mañana, pero igual todas las tardes.
Le da de comer a Cordero, se baña nuevamente y se pone una falda para ir a trabajar al café, donde esta noche regresará, después de doce años, Arturo Piedras.
No lo va a reconocer, no va a ver en su rostro al que era hace tantos años. Todo lo que le ocurrirá será que se le levantarán sus ganas de cama con aquel hombre que le resultará familiar, pero jamás igual ni parecido a Arturo Piedras. Le hablará de él toda la noche, con una complicidad extraña, como si le hablara al espejo.
Después de que escampe, muy tarde, a eso de las tres de la mañana, tomará su bicicleta y se irá para la casa a dar de comer a su gato, fumar el segundo cigarrillo y dormir porque no hubo tiempo para leer ni ver novelas.
Ya en la cama, pensará en el hombre que se embriagó esta noche en el café y luego en las playas del golfo y luego en su amor por Hacho Díaz y de pronto ya no serán pensamientos sino un sueño turbulento con La Casa de La Opera de Sídney y el Teodora de Händel.

1 comentario:

ociopintoresco dijo...

en el primero iba mordiendo el anzuelo, en éste si quedé enganchao. Espero el siguiente.