jueves, 29 de mayo de 2008

Querido Arturo

“El día lo pasé haciendo estupideces y muriéndome, porque claro, siempre en esas. Me salvó la vida dice el muy ridículo de Trespalacios, y saber que no hay nada que hacer por mí. Perdido, aquí en este pedazo de tierra que nada tiene de pueblo.
Y vos, por allá, mirándome la mala ortografía y preguntándote si ya terminé mi libro.
No.
No me mataron los cocodrilos de Paraguay ni los domingos de misa ni la muerte de mamá ni nada —hasta ahora—, nada me ha podido matar. Sin embargo, voy a morir si continúo escribiendo cartas.
Sigo oyendo ruidos en casa, tengo el culo entumido y sólo he parado para servirme un marica tinto. Que digo, dos, y un cigarrillo. Definitivamente, parece que me encontré con una musa más que frígida. No importa mucho, el sólo hábito me rejuvenece. La ilusión es la misma que hace años.
Piedras, ¿has pensado en “aquellos años”? Ya no volverán los días difíciles en que no fuimos lo que quisimos y nos tocó remendar la frustración con un alarde de valentía, que por demás, Arturo, pienso que sonó siempre exagerado, aunque, cierto, jamás tan vergonzoso como la verdad.
Si salís esta noche, regresá con los zapatos mojados, o con aliento pesado de seis botellas, los bolsillos rotos, los ojos rojos, el estómago vacío, enfermo y ebrio. Así es que debés vos acabar las cosas, incomprendidas, para que se vuelvan temerosos tus fantasmas y dejen de torturarte con ratas y policía.
Hazme caso, yo he aprendido a vivir así. Exceptuando la tarea de poner clavos (como vos), el resto puedo hacerlo sin miedo.
Igual de difícil fue intentar describirte en los años del pueblo. Te recuerdo soñador, mentiroso y exagerado cuanto podías. Manipulador. No siempre lograbas cumplir tu palabra, sólo de vez en cuando. Viajabas, trabajabas en cualquier cosa y escribías todo el tiempo. Después de Carmenza dejaste tu amor propio; ya nunca guardabas ningún manuscrito. Arrugabas el papel y te lo echabas a la boca, no por la ventana, no a un charco, no a la chimenea. No te bastaba con eso, los que realmente te gustaban, los plegabas con destreza hasta convertirlos en un barquito y luego llevártelos a la boca, humedecerlos y decir «salado».
Vos sabés, Arturo Piedras, que nada te escribo con venenos sarcásticos. Tonto recato para nuestra amistad.
Continúo jugando: Fumabas como un condenado; un cigarrillo, detrás otro, vaciabas ceniceros una vez al día y te deleitabas al llegar a casa y oler los cigarrillos de los últimos años. «¿Sí olés?—me decías— es como entrar a mis pulmones y jugar un rato con la muerte, de la misma forma que jugué con la rana». Lo mismo sentías siempre que regresabas, como si tus pulmones descansaran de un mal aire y volvieras, así sin más, a caer en el vicio de respirar tu infancia.
Las veces que estuve con vos fuera del pueblo noté que dejabas de toser, fumabas menos y te veías un poco más gordo a pesar de no comer mayor cosa. Me imagino que así seguís con tu vida. Te contentás con poco. «Sé ayunar —me decías con aire sincero sentados sobre los rieles en el viaducto de Amagá—: si el hambre es soporífera, la inanición debe ser sobredosis».
No te asustaba nada, era cierto, pasabas hambre sin quejido alguno con el mismo arrojo con que te deshacías de cuanto escribías, a veces sin leerlo. Tenías ese vicio y muchos otros. No podía faltarte el café. O sí, podía faltarle, podía también faltarte la melancolía, pero nunca el cigarrillo y el papel, ese ayuno no lo hiciste nunca y aún dudo que seas capaz.
En un instante grave de hambre, estoy seguro, te hubieras fumado un cigarrillo desechando un tomate de la huerta de Don Manolo, incluso sé harías algún comentario: «muy suave, muy húmedo, de humo delgado, insípido».
Conseguiste trabajo, escribiste un diario que tuve la oportunidad de leer antes de que en Puerto Triunfo, gritando «¡Fluye, fluye hacia el mar!», lanzaras el manuscrito al Magdalena.
«Las cosas pasan», me dijiste del lado antioqueño. Ya en la orilla boyacense, con algo de lástima, me susurraste: «no es tanto el dolor al echarlo a flotar al río, es más aguda la nostalgia del tiempo perdido».
Recordás un bar: Blanco y Negro. Una cantina oscura donde sonaba música bailable a volumen ensordecedor. La copa de aguardiente barata y la mesa de billar eran suficientes para que se nos hiciera un lugar emborrachable.
Pedimos media, luego botella y otra botella. Me explicaste por qué eras un tipo tan apático. Te adulabas y exagerabas a tus anchas, pero permitías identificar muchas pretensiones y pocas certezas.
Sentados frente a frente junto a la mesa de billar, después de que me dieras una paliza, separados por los dos últimos aguardientes de la noche y también los últimos pedacitos de mango, nadie oyó lo que yo de tus palabras arrastradas por tanto aguardiente, pero sinceradas también por él: «Yo sé bien que vos no, pero tu mujer, por ejemplo, no me comprende, porque la educaron las monjas del cerro y mi nomadismo es más que profano para ella. Carmenza no comprende nada. A veces me mira con extrañeza y cree que soy un loco comepapel que nada puede aportarle. Su mirada es lastimera y dice mucho que no entiende cuando le explico algo».
Aquello que me confesaste, era más una expiación que te hacías a ti mismo. «Necesito encerrarme. Te digo que me voy a encerrar; que no salgo, mi querido amigo, hasta que me cure».
Yo te creí. Pero tampoco entonces te creí loco.
¿Te has comido la que llamabas cariñosamente La Grande? Un rapto para reconstruir el tiempo perdido y luego de que lo leyeras, aunque fueras sólo vos, volverlo a llevar a su lugar de origen; el estómago, me parece un final digno.

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1 comentario:

Catalina. dijo...

¿Dónde encuentro el resto? Quiero seguir leyendo.