jueves, 19 de julio de 2007

Coda y descarga

Hace unos días, un millón de colombianos salimos a caminar con camisetas blancas y protestamos contra los actos violentos que no cesan en nuestro país. Sin embargo, entre las consignas que gritábamos y los carteles que llevábamos en las manos había tanta violencia como en la selva. Los que asistimos a la marcha tuvimos la oportunidad de leer y oír gritos de guerra que más tenían de proselitistas que de pacificadores.

Una señora con muchas canas me decía: “…a la guerrilla, por mí, que la fumiguen”. Un joven sostenía una pancarta: “guerrillos+paracos=basura”. Un grupo de señoras gritaba a coro: “mano firme, mano firme, mano firme…”. Sólo faltó un desfile de tanques, al estilo de un film nazi, y que todos gritáramos “¡a la carga!”. Eso no es una protesta contra la violencia, es incitar a la guerra, es un ruego por el aniquilamiento del enemigo, del otro. No hay mejor manera de sentirse de los buenos que odiando a los malos. Pero, ¿de quién hablamos a fin de cuentas?

Uno de cada cuatro combatientes es menor de edad (Human Rigths Watch); ¡que los fumiguen! La vida de los malos no vale tanto aunque sean niños. Seguro que las calles de Colombia no se llenaban para hacer luto por ellos, como no lo ha hecho hasta ahora con los 3005 asesinatos cometidos por autodefensas desde que comenzó el proceso de paz con el actual gobierno (Medios para la Paz).

Cuando hay bajas guerrilleras, paramilitares, civiles o de la fuerza pública, lo que importa es la cifra; “fueron 12 ayer —3 niños—, 25 anteayer —6 niños—…” en fin, 70.000 en los últimos 20 años, 17.000 menores de edad (Amnistía Internacional). ¿Vamos a decir que sólo importan los niños y que de ellos sólo importan los que no pertenecían a ningún grupo armado, de los malos por supuesto? Por Dios. No podemos ir cerrando el ojo izquierdo o el derecho para ver las cifras con la pupila que nos conviene.

Lo mismo daría que saliéramos a caminar cada uno por su lado y con camisetas de diferentes colores. Lo mismo da que no hagamos nada si no nos importan tampoco los 3000 combatientes que mueren al año (Fundación Seguridad y Democracia), en el conflicto armado colombiano. Me faltó decir que esta cifra es la suma estimada entre guerrilleros y paramilitares, con lo cual muchos de los que vistieron camiseta blanca dejarán escapar una sonrisa y un suspiro: “vamos bien, dirán, no eran de los nuestros”. Matemáticas sencillas: “guerrillos+paracos=basura”; 3000 ÷ 4 = 750 niños, igual basura.

Paras: sanguinarios a sueldo (¿quién les paga el salario?). Guerrillos: sanguinarios narcotraficantes. Ejército: sanguinarios legales. Policía: agente extorsionador por excelencia. ¡Contra todos ellos es nuestra protesta! Contra las balas, los secuestros, las detenciones arbitrarias y las desapariciones; contra el desplazamiento y la pobreza, que son por demás los problemas más relevantes del conflicto en Colombia. No salimos a caminar para defender a los buenos, no existe tal cosa, salimos a defender la vida y no tiene sentido pedir la muerte de nadie ni defender a los difuntos mientras se muere gente de hambre.

Para colmo, el presidente, como si nada tuviera que ver con los actos violentos, se tomó a pecho las marchas y quiso hacer de ellas una muestra de popularidad. ¿Alguien recuerda que, durante el episodio de Al Gore, cuando Uribe salió a dar explicaciones, dijo el número de bajas de las autodefensas estimadas durante su gobierno? Sí, más de uno debe recordarlo, alguna de las 1600 familias que perdieron a un hijo, a una madre, a un padre o a un tío paramilitar. Son muertos, son muertes, son personas que comían lentejas. No, señor presidente, no salimos a apoyarlo a usted, al menos no todos.

¡Qué pobres somos de razón, de corazón y de sensatez! No, no hablo de usted, eafitense promedio, a usted nada le importa porque su vida será como la vida de un hombre que se levanta y lee el periódico y ve noticias a las seis de la tarde y luego toma un baño con su hermosa señora en la hermosa bañera de la hermosa casa donde vive, por supuesto, una hermosa vida. O bien, si es mujer, quizá no vea noticias, pero pida una cita para armar su cuerpo con plástico.

Hablo del humano promedio, del que sale a conseguir comida, del que pide, del que vive en el campo y no tiene otra opción que aliarse a un bando, tomar un fúsil y matar a cualquiera que no esté su mi lado, sin importar qué piense, sin importar sus hijos ni su esposa ni su bañera ni nada, porque lo que importa es la vida suya y la de los suyos. Mientras usted se gasta tres mil pesos en una cartulina y escribe, con un marcador de mil pesos, “abajo bandidos, arriba la patria” o “libertad sin condiciones”, una señora está comprando leche, huevos y dos salchichas para sus seis hijos, gracias a que su esposo, soldado patriota del ejército nacional, está arriesgando su vida en el campo, dando metralla a los del otro lado para ganarse una medalla y un mínimo.

Los soldados no ven nada, los guerrilleros, los paracos, los milicianos, los policías, y toda esa gente armada para matar gente, le disparan a la manigua, a las plataneras o a los cafetales; no ven gente viva, le disparan a los tiros del otro lado y sólo por dinero. País éste de mercenarios dónde sale más barato (mil veces) matar que comprar un libro, porque para matar no es necesario saber leer, de hecho, es casi necesario no saber hacerlo. Claro que hombres letrados que han estudiado en Harvard son capaces de decir a los cuatro vientos que su gestión ha dado el buen resultado de 1600 muertos de los malos.

Cuidémonos de no caer en sospechas de herejía porque el odio de “los buenos” puede caer sobre nosotros y la muerte ronde quizá por nuestra hermosa casa. ¿Quiénes son los buenos? Elemental: los que defienden lo que “yo” defiendo, los que no permiten que se inmiscuyan “otros” en las 300 hectáreas de mi hermano.

Hagamos una manifestación, sí, pero no sembremos cizaña por la muerte de once más, no gritemos consignas contra los otros cuando en realidad lo que deseamos es que aquellos que supuestamente nos representan se vayan a dar la bala que nosotros no somos capaces de dar. En la calle le pregunté a un señor el día de la manifestación si no le parecía que el ejército también mataba mucha gente, me respondió: “eso no es gente, además yo pago impuestos para que ellos hagan eso que hacen”. Sigamos marchando y desfilando como imbéciles sin rumbo, porque nuestro pastorcito, parece ser de los mentirosos.

1 comentario:

monica dijo...

hace días hablaba con alguien. si hubieran muerto quince campesinos, incluso no guerrilleros, ni paracos, ni militares, ni nada, campesinos, a secas, ¿cuántos hubiesen ido a marchar?. no todos los que salieron a hacerlo. pasa que interesa formarse el mundo como convenga. es todo. pasa que para vivir tranquilos y contentos, hay que decir cuales son los malos y catalogarse como bueno. pasa que sólo en el momento en que el ejercito te mate al padre, o un paramilitar al abuelo, o un guerrillero a cualquier familiar, se cree en la guerra. pasa q necesitamos que den una consigna que diga que se está en guerra, para sentirse en guerra. pasa que se necesitan muertos que duelan en los afectos para entender que el país está llevado. pasa que ponerse en los zapatos del otro, es dificil, cuando las noticias y las muertes llegan por tv. pasa que la política miente, que todos mienten. pasa que el dinero es el camino, no lo demás. ni siquiera los muertos.... tantas cosas más...

buen artículo david!!! muy bueno...