domingo, 29 de julio de 2007

El sermón de las 3:30am



Dios, la única existencia inútil, se metió anoche en la cama de Arturo Piedras y comenzó a hablarle después de despertarlo sin ninguna precaución ni delicadeza. No era una luz sobrenatural, tampoco era un tipo con barba y pelo largo, era sólo una voz rasgada que a Arturo le hizo imaginar un viejo decrépito y agonizante. No obstante, pese a la poco convincente que resultaba su horrible voz, las palabras se le hacían certeras, y como había luna llena, en las pausas del aperezado omnipotente el pobre Arturo oía los aullidos de los hombres que por esa noche se convertirían en lobos. Así, con miedo a los hombres, Arturo estuvo escuchando toda la noche las letanías de su interlocutor invisible.

— ¡Despierta hijo mío! —gritó el inútil al oído dormido de Arturo.
— Dejame —contestó Arturo—, estas no son horas de venir a joder.
— Despertá, te interesa lo que te voy a decir.

Arturo se incorporó dejando un sueño en remojo y después de tragar saliva intentó prestar atención a las palabras del inútil.

— Vos sabés —comenzó diciendo Dios— que las cosas de este mundo me pertenecen, sabés que tus zapatos, tus cobijas y tu vida misma me pertenecen; en fin, vos sabés que yo soy el dueño de todo.
— Oíste: ¿No te parece que las tres y media de la mañana es una hora bien jodida para venir a alardear a la cama de un pobre hombre que no desea más que su completa soledad, al menos mientras duerme?
— No estoy presumiendo, imbécil. Dejame hablar para que te enterés de las noticias nuevas, ya que no te gusta ver televisión.
— Si no me gusta ver esa cosa es precisamente porque no estoy interesado en saber nada de este mundo que tanto te pertenece.
— Qué jodido sos, por Dios bendito. ¿Vas a dejarme hablar o no?
— Pues no quisiera, porque nada más ahora estaba soñando que Layla regresaba con un amor renovado y un par de cervezas en la mano…
— Bueno, bueno. Vos y tus ensoñaciones incongruentes. Pronto volverás al sueño que tenías, te lo prometo. ¡Qué frío hace aquí, parce! —Dios se metió dentro de las cobijas y continuó—. Mirá, no voy a quitarte mucho tiempo si comprendés lo que voy a decirte. La verdad es que hubiera preferido no venir, y no solo porque sé que en tu cama no soy bienvenido…
— Nadie es bienvenido en mi cama a esta hora.
— ¿Me vas a oír o no? —preguntó Dios comenzando a impacientarse.
— Dale, hablá y no te demorés. Ah, y dejá los rodeos para el almuerzo.
— Bueno. Te decía que no quería venir porque sos muy repelente conmigo, pero dadas las circunstancias sentí la necesidad, más tuya que mía, de que tuviéramos una larga conversación. Todo es mío. Por más que te esforcés por cambiar las cosas, siento decírtelo, perdés tu tiempo. Sin embargo, también es cierto que tu vida es tuya antes que mía, no te quepa la menor duda. Y como lo que quiero decirte tiene que ver con tu vida, pues lo que vine a hacer es a darte un consejo.
— ¡Bendito seás! Mirá que venir a dar consejos a un pobre imbécil como yo.
— Sólo cumplo órdenes.

«Esto si tiene que ser un chiste», pensó Arturo sonriendo.

— No, no es un chiste. Yo ordeno y yo cumplo —respondió Dios, que había oído los pensamientos de Arturo.
— Eso es voluntad. Es como decir que mi mano cumple las órdenes que yo le doy, y creer por ello que la mano nada tiene que ver cuando digo “yo”.
— Como digás —Dios, a punto de impacientarse con la intransigencia de Arturo, pensó que lo mejor era ignorar aquel comentario y continuar hablándole—, el caso es que debés oírme y que no me iré hasta que hayás entendido lo que vine a decirte.
— Podrías mandarme un e-mail. Yo lo leo mañana. Está haciendo un sueño…
— Nada de maricadas ahora. Me vas a recibir el consejo y mañana, si querés, te limpias tu cagada matinal con él, pero me oís o no dormís en diez días —al inútil le pareció que esta amenaza era lo suficientemente seria para que le oyera quince veces el sermón de las siete palabras y se sintió orgulloso de haber pensado en ello—. Vine a decirte que he sabido, gracias a fuentes muy confiables, que has estado deseando morirte. Y bien, puesto que tu vida también me pertenece, tu idea no es algo que podás considerar sin que primero negociés conmigo.
— ¿Viniste a negociar o a darme un consejo?
— Calma, imbécil, no de adelantés.
— No me insultés, malparido, que ya bastante tengo con semejante madrugada. — En efecto —continuó Dios—, vine a darte un consejo para que llegado el día de la negociación, no perdás mucho.
— A ver: ¿vos me estás diciendo que me vas a dar un consejo para que al perder la vida no pierda mucho más que eso? Sos un pésimo negociante.
— Y vos un terco descomunal. Callate a ver si puedo terminar, que tengo otros asuntos de mayor importancia. El caso es que te querés quitar la vida, ¿cierto?
— ¿Para qué me preguntás si vos lo sabés todo?
— Así me gusta. Pues bien, no podés quitarte la vida sin pensar primero en las cosas que la vida misma pierde cuando vos te morís. Sí, Arturo Piedras, la vida se muere un poco si vos te morís del todo. Pensá en la gente, en tu gente, en los que te llaman y te recuerdan aún cuando no saben donde te estás despertando. Si alguno de ellos se muriera, ¿no se moriría algo dentro de vos?
— Mirá, te contesto para que te vayás de una vez. Nadie me busca. Y si alguno de los que supuestamente debieran buscarme llegara a quitarse la vida, demoraría tanto en saberlo, que cuando me enterara sería estúpido hasta sentirse triste. A mí me parece, más bien, que ni siquiera vos, con tu amor infinito y otras promesas inútiles, me querés tener cerca, y por eso venís disfrazado de buena gente. Andate para tu paraíso.
— Vos te irías derechito para el infierno, ¿qué estás diciendo?
— ¿Vos permitís que el infierno exista? Perdoname, pero creo que sos un hijueputa.
— ¡Halándole al respetico, pues! —dijo Dios iracundo.
— Mirá quien habla de respeto. Andate, que yo no voy a morirme hasta que vos, dueño de todo esto, me mandés la muerte de la que tanto hablás. Eso sí, te pido que sea cuanto antes. Y si no querés tenerme cerquita de vos en ese lugar del que venís, entonces convertime en un hombre inmortal y yo me dedicaré a ver pasar mis años con la paciencia del que deshoja una margarita.
— No tenés arreglo. Con razón te abandonaron todos los que te querían.
— Si, con razón, con la razón que a mí me falta.

Arturo dio por concluída la conversación con el inútil y arrebatándole las cobijas se dio vuelta y rezó un Padre Nuestro con la esperanza de volver a ser el de antes.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente!

Jennifer Argaez U. dijo...

Lo que más me gusta es que puedo imaginarme la escena: la impaciencia de Arturo frente a la aparente paciencia de Dios. Al final ambos son iguales, uno más sensato que el otro.